Los niños entran en clase. Llegan alborotados, nerviosos y no paran de hablar y gritar. Se van sentando en una alfombra al final del aula y comienza a sonar el piano. Acto seguido el silencio reina. Todos descansan y escuchan atentos la melodía. Así comienzan todas las lecciones de Marino Sáiz. Este profe de ciencias de primero y segundo de primaria –y músico profesional– no utiliza los libros ni las sillas. Los niños se mueven, cambian de sitio, bailan, hablan, se expresan… “Una clase sin ruido no es una clase viva. Eso no significa que los niños griten ni que no exista un orden. No es el recreo y no se trata de disfrutar por disfrutar, pero tienen que ser felices en clase”, asegura Sáiz. Para él, que exista un acompañamiento emocional positivo en el aula es esencial para crear un colchón de emociones que permita que “el niño se abra y sea mucho más esponja”.

En las clases de Marino, en el colegio privado Virgen de Europa de Boadilla (Madrid), se aprenden los huesos y las condiciones de la atmósfera con canciones e instrumentos. El violín, el piano y la guitarra son una constante en sus lecciones. Los niños estudian las características de la atmósfera a través de una canción y memorizan y entienden los huesos del cuerpo gracias a un baile basado en una reinterpretación de Despacito. “La evaluación que hice de esta dinámica es que se aprendieron los huesos fenomenal”, explica el maestro.

“Utilizar la música como medio es algo básico y elemental que se ha visto que funciona. Los niños interiorizan mucho mejor cuando aprenden con melodías”, afirma Sáiz. Expertos en neurociencia han desvelado en los últimos años que la parte del cerebro que se activa con la música está estrechamente vinculada a las emociones. Y en 2002, la pedagoga Gabriela Soto Villaseñor demostró que la música es capaz de desarrollar aspectos como la sensibilidad, la motricidad, la memoria, la atención y concentración, la socialización o el pensamiento lógico; y de ser el camino para aprender otras materias distintas como los idiomas o las matemáticas.

“La música es un elemento motivador para el aprendizaje en todas las materias curriculares que también facilita y afianza lo aprendido”, señala Enrique Javier Díez Gutiérrez, profesor de Pedagogía de la Universidad de León. Como explican Wan y Schlaug (2010), la música mejora la plasticidad del cerebro, estimulando la capacidad de memoria a corto y largo plazo y otras áreas del cerebro no relacionadas con la música. “Además ayuda a modificar los estados de ánimo, unir a las personas, romper barreras sociales y prejuicios, lo que facilita el aprendizaje y el desarrollo social”, asegura Díez Gutiérrez, quien lamenta que la LOMCE no se oriente en este sentido ni que asuma este enfoque.

Ciencia para todos

El interés de los niños, y de los jóvenes, por la ciencia y la tecnología, especialmente el de las chicas, no para de descender. Parece extraño, sobre todo porque hay diversos estudios, como el realizado por la Universidad de California en 2012, que demuestran que el pensamiento de los niños es muy similar al que se emplea en la ciencia. Por ejemplo, los niños formulan hipótesis, hacen inferencias causales y aprenden a partir de la observación cuando se enfrentan a un problema o deben tomar una decisión.

Marino Sáiz comparte la opinión del divulgador británico Phillip Ball: las escuelas pueden aniquilar ese espíritu explorador. En las aulas la ciencia se enseña dando respuestas en lugar de estimular la formación de preguntas. Sáiz defiende que el proceso de enseñanza y aprendizaje debe estar centrado en el alumno. “Cada uno de ellos tiene unas capacidades distintas que los profesores debemos saber desarrollar y evaluar, y hacerlo con las metodologías más tradicionales es algo imposible, sobre todo a estas edades”.

“Para cambiar esta tendencia, la Administración debería fiarse mucho más del profesorado y de las comunidades educativas, reducir esencialmente los contenidos básicos fundamentales y permitir que sea el profesorado el que los desarrolle de acuerdo a las necesidades y características de su alumnado, pudiendo utilizar metodologías docentes innovadoras, creativas, cooperativas que potencien justamente un proceso de descubrimiento que es lento sosegado y compartido”, propone el pedagogo.

En concreto, para Sáiz las barreras que separan a los chicos de ese interés se construyen, en parte, sobre los libros de texto. “Lo importante es que aprendan. Yo tengo claro el currículo, lo que quiero transmitir y aprender con ellos e intento buscar maneras para adornar las actividades para que los niños las disfruten. Y al igual que cuando estudias un instrumento no lo olvidas nunca, las clases con este tipo de metodología tampoco se olvidan”, confía Sáiz. Interiorizar los puntos cardinales a través de un baile es algo que, seguramente, les quedará grabado a sus alumnos.

Luchar contra el abandono escolar

España es el segundo país de la Unión Europea con mayor abandono escolar. La tasa de fracaso en 2017 ascendió al 18,3%, solo por detrás de Malta (18,6%). Para combatir esta problemática, Saíz considera esencial enriquecer a los niños en edades prematuras, “es donde empieza todo. Tenemos que abrirles el abanico sin etiquetas y sin perjuicios. Sin decirles por dónde tienen que ir para que cuando maduren sean ellos los que lo decidan”. Para él la motivación depende principalmente de dos cosas: del método que se utilice y del profesor. “Un niño se motiva si está motivado”, asegura.

Para Enrique Javier Diéz Gutiérrez, el sistema educativo actual es la base del problema. “Por una parte, fomenta un currículum nada estimulante, y por otra impulsa una estandarización que impide al profesorado desarrollar sus propios métodos”, incide. Argumenta además que la presión que ha instaurado la LOMCE con la estandarización de aprendizajes basada en un interminable listado de competencias y estándares de evaluación hace imposible prácticamente estimular la curiosidad de los niños y el aprendizaje mediante la investigación. “Por el contrario, se impone un ritmo frenético de temas y contenidos que se exigen memorizar en muchas ocasiones para dar respuestas prefabricadas en los continuos exámenes que ha impuesto la administración educativa. Esto está transformando el deseo de aprender en afán de aprobar y tiene el peligro de matar la pasión por el aprendizaje”, asevera el experto.

La tecnología en su justa medida

Lo cierto es que muchos centros están encontrando la salida a este problema en el uso de la tecnología. Ordenadores –y sobre todo tabletas- inundan las aulas. Recursos efectivos cuando se utilizan como apoyo para mejorar y reforzar los conocimientos, pero que se convierten en un problema cuando son empleados de manera pasiva. “Introducir cacharrería tecnológica en los centros sin una utilización didáctica y metodológica adecuada no ayuda, sino que produce en muchos casos mayor confusión y mayores dificultades. La tecnología es una ayuda educativa potentísima, pero se tiene que introducir de forma didáctica y para eso hay que formar al profesorado y adecuar las herramientas tecnológicas a la finalidad que se persigue, no reproducir simplemente el mismo modelo, pero en internet”, denuncia Enrique Javier Díez

Sáiz entiende que una educación impartida de manera exclusiva con tecnología no puede ser integral. “En mis clases doy más importancia a la conversación, a la expresión de sentimientos y a la cooperación. La tecnología es un apoyo en ciertos momentos pero a nivel experiencial, como cuando aprendemos a buscar conceptos en Google y contrastarlos”, explica el maestro. “Vivir el aprendizaje desde la experiencia es fundamental”, finaliza.

Fuente: retina.elpais.com

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